¿Por qué nos da cosa usar la colección de juguetes sexuales de otras personas?

Si a mis años de bloguera de sexo sumas que soy una gran consumidora de tiendas eróticas, mi colección de juguetes ha ido creciendo hasta el punto de que la tengo dividida entre dos ciudades.

Y claro, en ese tiempo mi vida sentimental ha ido y venido, como la canción de Chenoa.

LELO

Algunos los compré por mi cuenta, otros me los regaló una expareja para disfrutar juntos y está la categoría de los que escogí para sorprender a una persona concreta.

A excepción de un juguete que se me perdió en una mudanza, todos los demás los he mantenido. Pero, ¿los he utilizado con parejas nuevas?

Si me pongo práctica, mi postura es que, bien limpios, no hay problema ninguno en usarlos.

Hay modelos que solo necesitan agua y jabón y otros que necesitan una desinfección a fondo, pero quedan como nuevos.

Por ejemplo, el cristal o la silicona, fáciles de esterilizar, son materiales que puedes seguir utilizando durante muchos años.

Esto es algo bastante tranquilizador si tenemos en cuenta que hay juguetes cuyo precio llega a las tres cifras.

No es como que puedes comprar un estimulador de próstata anal con mando a distancia cada dos días.

Eso sí, si es un material poroso o barato, mejor reciclarlo y hacerse con otro. Esto es algo que pasa, por ejemplo, con los huevos desechables.

Al estar hechos de un plástico que no se puede limpiar con mucha facilidad, es mejor limitarlos siempre a la misma persona.

Más allá de los vibradores o dildos, artículos como pinzas para los pezones, fustas, dados, aceites o lubricantes son perfectamente reutilizables.

Quizás para mí el límite está en la lencería. Aquellas prendas que me he comprado yo me veo usándolas con cualquier pareja (ya que me hice con ellas por sentirme bien luciéndolas y es algo que dispara mi autoestima en la cama).

Hay otras que me han regalado que tengo demasiado ligadas a las experiencias conjuntas. Esas prefiero dejarlas fuera de la ecuación por los recuerdos que me traen a la cabeza.

Entonces, si todo es tan higiénico, ¿por qué puede producirnos algo de incomodidad pensar en introducirnos objetos que han pasado por otras personas?

Por mucho que seamos conscientes de que la persona que tenemos enfrente tiene una vida sexual pasada, no es algo que queramos saber.

Tener el juguete delante es la prueba física de esa puerta que no queremos abrir a sus vivencias íntimas del pasado.

Por un lado, tenemos que recordar que, si somos como somos entre las sábanas, es gracias a las tablas que hemos hecho durante el camino.

Si es por una cuestión de repelús o de no querer compartir juguetes que no son de primera mano, tampoco es muy justo pedirle a la otra persona que cambie toda su colección.

No es como si cada vez que empezamos una historia con alguien nuevo cambiáramos de genitales, manos o boca. De una manera o de otra, nosotros tampoco nos presentamos con el precinto puesto.

Pero si ni con esas te he convencido, mi consejo es que a partir de ahora compres solo juguetes para tu disfrute propio.

Así da igual compartirlos con alguien, ya que son para ser usados en tu cuerpo.

Duquesa Doslabios.
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