Por qué los últimos diez años en EE.UU. han sido singularmente estúpidos

¿Cómo habría sido vivir en Babel en los tiempos posteriores a su destrucción? En el libro del Génesis se nos cuenta que los descendientes de Noé construyeron una gran ciudad en la tierra del Sinar. Erigieron una torre “con la cúspide en los cielos” para hacerse “famosos”. A Dios le ofendió la hýbris de la humanidad y dijo: “Mirad, son un solo pueblo, y hablan una sola lengua; y esto es sólo el comienzo de lo que harán; nada de lo que se propongan será ahora imposible para ellos. Vayamos, pues, y confundamos su lengua, para que dejen de entenderse unos a otros”.


La Torre de Babel, de Pieter Bruegel (1563).

El texto no dice que Dios destruyera la torre, pero lo hace en muchas representaciones de la parábola, así que quedémonos con esa dramática imagen en la cabeza: gente vagando entre las ruinas, incapaz de comunicarse, condenada a la incomprensión mutua.

La historia de Babel es la mejor metáfora que he encontrado para lo sucedido en los Estados Unidos en la década de 2010 y el fracturado país que habitamos ahora. Algo se torció gravemente, y de manera muy repentina. Estamos desorientados, al ser incapaces de hablar el mismo idioma o de identificar la misma verdad. Estamos aislados unos de otros y del pasado.

Desde hace ya algún tiempo es evidente que la “América roja” (republicana) y la “América azul” (demócrata) parecen cada vez más dos países distintos que reivindican el mismo territorio, con dos versiones diferentes de la Constitución, de la economía y de la historia de Estados Unidos.

Pero la de Babel no es sólo una parábola sobre el tribalismo: es una parábola sobre la fragmentación de todo. Trata sobre el resquebrajamiento de todo lo que parecía sólido, de la dispersión de unas gentes que antes habían sido una comunidad. Es una metáfora de todo lo que está sucediendo, no sólo entre republicanos y demócratas, sino también dentro de la izquierda y de la derecha, así como en universidades, empresas, asociaciones profesionales, museos e incluso familias.

Babel es una metáfora de lo que ha hecho un cierto tipo de redes sociales con casi todos los grupos e instituciones más importantes para el futuro del país y para nosotros como pueblo.

¿Cómo sucedió esto? ¿Y qué augura para la vida estadounidense?

Existe un rumbo en la historia, y es el de la cooperación a escalas cada vez mayores. Vemos esta tendencia en la evolución biológica, en la serie de “grandes transiciones” mediante las cuales surgieron los primeros organismos pluricelulares y después desarrollaron nuevas relaciones simbióticas.

Lo vemos también en la evolución cultural, como explicó en 1999 Robert Wright en su libro Nadie pierde: la teoría de juegos y la lógica del destino humano. Wright enseñó que la historia entraña una serie de transiciones, impulsadas por el aumento de la densidad demográfica y las nuevas tecnologías (la escritura, las carreteras, la imprenta), que crearon nuevas posibilidades de comercio y aprendizaje para el mutuo beneficio de todos.

Era más acertado considerar los conflictos de suma cero (como las guerras religiosas que surgieron a medida que la imprenta permitió difundir ideas heréticas en toda Europa) como reveses temporales y, a veces, incluso una parte integral del progreso. Aquellas guerras religiosas, sostenía Wright, posibilitaron la transición a las naciones Estado modernas con ciudadanos mejor instruidos.

El presidente Bill Clinton elogió Nadie pierde por su retrato optimista de un futuro más cooperativo gracias a los continuos avances tecnológicos.

Los inicios de internet en la década de 1990, con sus canales de chat, sus foros y el correo electrónico, ejemplificaron la tesis de Nadie pierde, al igual que la primera oleada de redes sociales que se lanzaron en torno a 2003. MySpace, Friendster y Facebook facilitaron el contacto con amigos y desconocidos para hablar sobre intereses comunes, y gratis, a una escala jamás imaginada antes.

Llegado 2008, Facebook ya se había convertido en la plataforma dominante, con más de 100 millones de usuarios mensuales, de camino a los aproximadamente 3.000 millones que tiene hoy. En la primera década del nuevo siglo estaba muy extendida la creencia de que las redes sociales serían una bendición para la democracia. ¿Qué dictador podría imponer su voluntad a una ciudadanía interconectada? ¿Qué régimen podría construir un muro para impedirle el paso a internet?

El culmen del optimismo tecnológico-democrático fue probablemente 2011, un año que comenzó con la Primavera Árabe y acabó con el movimiento global Ocuppy Wall Street. 

Manifestantes del movimiento Occupy Wall Street.


Manifestantes del movimiento Occupy Wall Street.

Reuters

También fue cuando se pudo acceder a Google Translate desde prácticamente todos los smartphones, por lo que se podría decir que 2011 fue el año en el que la humanidad reconstruyó la Torre de Babel.

Estábamos más cerca que nunca de ser “un solo pueblo”, y habíamos logrado superar la maldición de la división idiomática. Para los optimistas tecnológico-democráticos, parecía sólo el comienzo de lo que sería capaz de hacer la humanidad.

En febrero de 2012, cuando se preparaba para la salida a Bolsa de Facebook, Mark Zuckerberg reflexionó sobre aquellos tiempos extraordinarios y expuso sus planes: “Hoy, nuestra sociedad ha llegado a otro punto de inflexión”, escribió en una carta a los inversores. Facebook esperaba “revolucionar el modo en el que las personas difunden y consumen información”. Al darles “el poder de expresarse”, les ayudaría a “transformar una vez más muchas de nuestras principales instituciones e industrias”.

En los diez años transcurridos desde entonces, Zuckerberg ha hecho exactamente lo que dijo que haría. Sí, ha revolucionado el modo en que difundimos y consumimos información. Sí, ha transformado nuestras instituciones, y nos ha llevado más allá del punto de inflexión.

No ha funcionado como él esperaba.

A lo largo de la historia, las civilizaciones se han apoyado en la consanguinidad y en los dioses y enemigos comunes para contrarrestar la tendencia a separarse a medida que crecían. Pero ¿qué es lo que mantiene unidas a grandes y diversas democracias como las de los Estados Unidos y la India, o, ya puestos, las de Reino Unido y la Francia moderna?

Los sociólogos han identificado al menos tres grandes fuerzas que en conjunto logran unir a las democracias: el capital social (grandes redes de contactos sociales con altos niveles de confianza), unas instituciones fuertes e historias comunes.

Las redes sociales digitales han debilitado las tres. Para dilucidar cómo lo han hecho, debemos saber primero cómo han cambiado las redes sociales a lo largo del tiempo, y, en especial, en los años posteriores a 2009.

En sus primeras encarnaciones, las plataformas como MySpace o Facebook eran relativamente inocuas. Permitían a los usuarios crear páginas donde publicar fotos, contar novedades sobre su familia y compartir enlaces a las webs (en su mayoría estáticas) de sus amigos y grupos musicales favoritos.

Así, las primeras redes sociales se pueden considerar un mero paso más en la larga secuencia de mejoras tecnológicas (desde el servicio postal al teléfono, el correo electrónico y los mensajes de texto) que ayudaron a las personas a alcanzar el eterno objetivo de mantener sus lazos sociales.

Sin embargo, poco a poco, los usuarios de las redes sociales se sintieron cada vez más cómodos compartiendo detalles íntimos de sus vidas con desconocidos y empresas. Como escribí en 2019 en un artículo para The Atlantic con Tobias Rose-Stockwell, acabaron ganando soltura a la hora de interpretar un papel y gestionar su imagen personal. Estas actividades quizá impresionen a los demás, pero no ayudan a hacer más profunda una amistad, a diferencia de una conversación telefónica privada.

Una vez que las redes sociales hubieron preparado a los usuarios para pasar más tiempo interpretando un papel y menos conectando con los demás, se dieron las condiciones para la gran transformación, que empezó en 2009: la intensificación de la dinámica viral.

Antes de 2009, Facebook procuraba a sus usuarios una página de perfil sencilla: una constante secuencia de contenidos generados por sus amigos y contactos, donde las publicaciones más recientes aparecían en primer lugar, y las más antiguas, al final. Su volumen era a menudo abrumador, pero era un reflejo fiel de lo que estaban publicando los demás.

Eso empezó a cambiar en 2009, cuando Facebook ofreció a los usuarios una manera de decir que les “gustaban” las publicaciones haciendo clic en un botón. Ese mismo año, Twitter introdujo algo aún más decisivo: el botón de retuitear, que permitía a los usuarios suscribir públicamente un tuit y, al mismo tiempo, compartirlo con todos sus seguidores.

Facebook copió enseguida esa innovación con su propio botón de compartir, al que pudieron acceder los usuarios de smartphones en 2012. Los botones me gusta y compartir se convirtieron rápidamente en una característica estándar de casi todas las demás plataformas.

Poco después de que el botón me gusta empezara a producir datos sobre qué cosas captaban mejor la participación de los usuarios, Facebook desarrolló algoritmos para presentarle a cada uno aquel contenido que con mayor probabilidad generara un me gusta o alguna otra interacción, y acabó incluyendo también el botón compartir.

Investigaciones posteriores han revelado que las publicaciones con mayor probabilidad de ser compartidas son aquellas que desatan emociones. En especial, la ira dirigida a los exogrupos.

Llegado 2013, las redes sociales se habían convertido en un sistema distinto, con unas dinámicas diferentes a las de 2008. Si tenías dotes o suerte, podías crear una publicación que se “viralizara” y hacerte “famoso en internet” por unos días. Si metías la pata, podías verte enterrado por los comentarios de odio. Tus publicaciones te llevaban a la fama o la ignominia en función de los clics de miles de desconocidos, y tú, a tu vez, contribuías a ese sistema con miles de clics.

Este nuevo sistema incentivó la impostura y unas dinámicas propias de las turbas. Los usuarios no se guiaban simplemente por sus verdaderas preferencias, sino por sus experiencias previas de recompensa y penalización, y por sus predicciones sobre las reacciones de los demás ante cada nueva acción.

Uno de los ingenieros de Twitter que había trabajado en el botón retuitear dijo más tarde que se arrepentía de su contribución, porque había convertido Twitter en un lugar más desagradable. Al ver cómo se iban formando turbas en Twitter a través de la nueva herramienta, se dijo para sus adentros: “Acabamos de entregarle un arma cargada a un niño de cuatro años”.

En cuanto psicólogo social que estudia la emoción, la moral y la política, también yo me di cuenta de que estaba sucediendo esto. Las plataformas recién reconfiguradas estaban casi perfectamente diseñadas para que sacásemos a relucir nuestro yo más moralista y menos reflexivo. El volumen de la indignación era apabullante.

Era precisamente este tipo de propagación crispada y explosiva de la ira de lo que intentó protegernos James Madison al redactar la Constitución de Estados Unidos. Los autores de la Constitución eran unos excelentes psicólogos sociales. Sabían que la democracia tenía un talón de Aquiles porque dependía del juicio colectivo del pueblo, y que las comunidades democráticas estaban sujetas a “la turbulencia y la debilidad de las pasiones ingobernables”.

La clave para diseñar una república sostenible, por tanto, era desarrollar los mecanismos para ralentizar las cosas, atemperar las pasiones, requerir acuerdos y procurar a los gobernantes cierto aislamiento de las manías del momento sin dejar de obligarlos a rendir cuentas al pueblo de forma periódica, el día de las elecciones.

Las compañías tecnológicas que potenciaron la viralidad entre 2009 y 2012 nos sumieron en la pesadilla de Madison. Muchos escritores citan sus observaciones en el El Federalista n.º 10 sobre la innata proclividad humana a las “facciones”, refiriéndose a nuestra tendencia a dividirnos por equipos o partidos, tan encendidos por la “animosidad mutua”, que están “mucho más dispuestos a vejarse y oprimirse mutuamente que a cooperar por su bien común”.

Sin embargo, ese ensayo continúa con una apreciación menos citada, pero igual de importante, sobre la vulnerabilidad de la democracia a la trivialidad. Madison señala que las personas son tan propensas al faccionalismo que “cuando no se han presentado ocasiones reales para ello, las diferencias más frívolas y descabelladas han bastado para despertar sus pasiones hostiles y provocar sus más violentos conflictos”.

Las redes sociales han engrandecido lo frívolo y también lo han convertido en un arma.

¿Acaso nuestra democracia es más sana ahora que tenemos trifulcas en Twitter por el vestido de la diputada Alexandria Ocasio-Cortez en la gala anual del Metropolitan (que llevaba escritas las palabras “impuestos para los ricos”), y por el de Melania Trump en un acto de conmemoración del 11-S, cuyas costuras asemejaban la silueta de un rascacielos?

¿Y qué decir del tuit del senador Ted Cruz donde criticaba a Big Bird, el personaje de Barrio Sésamo, por tuitear que se había vacunado contra la Covid-19?

No es sólo la pérdida de tiempo y la escasa atención que merece. Es el continuo deterioro de la confianza. Una autocracia puede hacer uso de la propaganda o del miedo para incentivar las conductas que desea, pero la democracia depende de una aceptación generalmente interiorizada de la legitimidad de las reglas, las normas y las instituciones.

La confianza ciega e irrevocable en cualquier persona u organización concreta nunca está justificada. Pero cuando los ciudadanos pierden la confianza en los gobernantes electos, las autoridades sanitarias, los tribunales, la policía, las universidades y la integridad de las elecciones, entonces todas las decisiones se impugnan. Todas las elecciones se convierten en una lucha a vida o muerte para salvar al país del otro bando.

En el último Barómetro de Confianza de Edelman [aquí el informe de España], un indicador internacional de la confianza de los ciudadanos en el Gobierno, las empresas, los medios y las ONG, las autocracias estables y capaces (China y Emiratos Árabes Unidos) aparecen en lo alto de la lista, mientras que otras democracias discutidas, como Estados Unidos, el Reino Unido, España y Corea del Sur se clasifican casi al final (aunque por encima de Rusia).

Algunos estudios académicos recientes apuntan a que, en efecto, las redes sociales son corrosivas para la confianza en los gobiernos, los medios informativos, y las personas y las instituciones en general.

En un documento de trabajo que aporta la revisión más exhaustiva de las investigaciones, a cargo de los sociólogos Philipp Lorenz-Spreen y Lisa Oswald, la conclusión que se extrae es que “la gran mayoría de las asociaciones entre el uso de los medios digitales y la confianza reportadas parecen ser perjudiciales para la democracia”. La literatura es compleja (algunos estudios muestran beneficios, sobre todo en democracias menos desarrolladas). Pero la revisión indica que, en general, las redes sociales aumentan la polarización política; fomentan el populismo, en especial el de derechas; y guardan relación con la difusión de información tergiversada.

Cuando las personas pierden la confianza en las instituciones, pierden la confianza en el discurso de esas instituciones. Esto ocurre en particular con las instituciones cuya labor encomendada es la educación de los menores.

A menudo, los contenidos de la asignatura de Historia han suscitado controversias políticas, pero Facebook y Twitter han posibilitado que los padres se indignen todos los días por algún fragmento extraído de las lecciones de Historia de sus hijos. Y por las lecciones de matemáticas, y por las selecciones literarias, y por cualquier nuevo cambio pedagógico en cualquier parte del país.

Se cuestionan los motivos de los docentes y los directores, a lo que a veces le siguen unas leyes excesivas o una reforma de los planes de estudio que rebajan el nivel de la educación y reducen aún más la confianza en ella. Una de las consecuencias es que los jóvenes educados en los tiempos posbabélicos tenderán menos a formarse un discurso coherente de quiénes somos como pueblo y a compartir dicho discurso con quienes hayan estudiado en otros centros o en una década distinta.

El exanalista de la CIA Martin Gurri predijo estos efectos de fractura en su libro de 2014 The Revolt of the Public. Gurri centró su análisis en el debilitamiento de la autoridad como consecuencia del crecimiento exponencial de la información, que empezó con internet en la década de 1990.

Gurri lo escribió hace casi una década, pero ya entonces supo ver el poder de las redes sociales como disolvente universal que destruía lazos y debilitaba instituciones dondequiera que llegaran. Señaló que las redes distribuidas “pueden protestar y derrocar, pero nunca gobernar”. Describió el nihilismo de muchos de los movimientos de protesta de 2011 que se organizaron en su mayor parte online y que, como Ocuppy Wall Street, exigían la destrucción de las instituciones existentes sin proponer una visión de futuro alternativa o una organización que la materializara.

A Gurri no le entusiasman precisamente las élites o la autoridad centralizada, pero sí apunta una característica constructiva de la época predigital: un único “público de masas” donde todos consumen los mismos contenidos, como si todos se miraran en el mismo espejo gigantesco y vieran el reflejo de su propia sociedad.

En unas declaraciones a la revista Vox dijo, recordando la primera diáspora posbabélica: “La revolución digital ha hecho añicos ese espejo, y ahora el público habita esos trozos de vidrio roto. De modo que el público no es uno solo. Está muy fragmentado y, en general, hay una hostilidad mutua. Es sobre todo gente gritándose entre sí y viviendo en burbujas de un tipo u otro”.

Quizá Mark Zuckerberg no deseaba nada de esto. Pero al revolucionarlo todo con sus prisas por crecer (con un concepto ingenuo de la psicología humana, un escaso conocimiento de la complejidad de las instituciones y ninguna preocupación por los costos externos impuestos a la sociedad), Facebook, Twitter, YouTube y algunas otras grandes plataformas han disuelto involuntariamente la argamasa de confianza, creencia en las instituciones e historias comunes que mantenía unida a una gran democracia diversa y laica.

Creo que podemos datar la caída de la torre en los años comprendidos entre 2011 (el año de las protestas “nihilistas” en el que se concentra Gurri) y 2015, un año caracterizado por el “gran despertar” de la izquierda y el ascenso de Donald Trump en la derecha.

El expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump.


El expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Reuters

Trump no destruyó la torre, sólo se aprovechó de su caída. Fue el primer político que dominó la nueva dinámica de los tiempos posbabélicos, donde la indignación es la clave de la viralidad, la escenificación vence a la competencia, Twitter puede subyugar a todos los periódicos del país y no puede haber historias comunes (o que al menos se confíe en ellas) más allá de algunos fragmentos adyacentes. De modo que la verdad no puede alcanzar una adherencia general.

La multitud de analistas, incluido yo, que dijeron que Trump no podría ganar las elecciones generales se estaban basando en unas intuiciones prebabélicas según las cuales escándalos como el de la grabación de Access Hollywood (en la que Trump se jactaba de haber cometido una agresión sexual) son letales para una campaña presidencial. Sin embargo, después de Babel, ya nada significa verdaderamente nada, no al menos de forma duradera y que goce del acuerdo general de la gente.

“La política es el arte de lo posible”, dijo el estadista alemán Otto von Bismarck en 1867. En una democracia posbabélica, lo posible no es mucho.

Por supuesto, la guerra cultural estadounidense y el declive de la cooperación entre los partidos son anteriores a la llegada de las redes sociales. Los de mediados del siglo XX fueron unos tiempos donde los niveles de polarización en el Congreso fueron atípicamente bajos.

Esta tendencia empezó a recuperar sus niveles históricos en las décadas de 1970 y 1980. La distancia ideológica entre los dos partidos comenzó a crecer más rápido en la década de 1990. Fox News y la “revolución republicana” de 1994 volvieron más combativo al partido conservador. Por ejemplo, el entonces presidente del Congreso, Newt Gingrich, desaconsejó a los nuevos diputados republicanos que se mudaran con sus familias a Washington, donde probablemente formarían nuevos lazos sociales con los demócratas y sus familias.

De modo que las relaciones entre los partidos ya eran tensas antes de 2009. Pero, desde entonces, la viralidad potenciada por las redes sociales hizo más peligroso que los vieran confraternizando con el enemigo o incluso no atacarlo con el suficiente vigor.

En la derecha, el término RINO (acrónimo en inglés de “republicano sólo de nombre”) fue reemplazado en 2015 por otro más despectivo: cuckservative, una mezcla de las palabras cuck (“cornudo” o “calzonazos”) y conservative (“conservador”) popularizada en Twitter por los partidarios de Trump.

En la izquierda, las redes sociales impulsaron la cultura de la cancelación a partir de 2012, con unos efectos transformadores sobre la vida universitaria y, más tarde, sobre la política y la cultura en todo el mundo de habla inglesa.

¿Qué cambió en la década de 2010? Revisemos esa metáfora del ingeniero de Twitter, la de entregar un arma cargada a un niño de cuatro años.

Un tuit cruel no mata a nadie. Es un intento de avergonzar o castigar a alguien en público y, al mismo tiempo, exhibir la virtud y la brillantez propias, así como las lealtades tribales. Es más un dardo que una bala: causa dolor, pero no mata a nadie.

Aun así, entre 2009 y 2012, Facebook y Twitter distribuyeron alrededor de 1.000 millones de dardos a nivel mundial. Nos los estamos lanzando unos a otros desde entonces.

Las redes sociales han dado voz a algunas personas que antes tenían muy poca, y han hecho más fácil exigir a los poderosos que rindan cuentas por sus felonías, no sólo en la política, sino también en el mundo empresarial, artístico, académico y otros. Ya se podía denunciar a los acosadores sexuales en mensajes anónimos en blogs antes de Twitter, pero es difícil imaginar un movimiento #MeToo con un éxito siquiera parecido sin el potenciamiento viral que ofrecen las grandes plataformas.

No obstante, el deformado concepto de las redes sociales sobre la “rendición de cuentas” también ha generado injusticias (y disfunción política) en tres aspectos.

En primer lugar, las pistolas de dardos de las redes sociales dan más poder a los troles y a los provocadores, mientras que silencian a los buenos ciudadanos.

Una investigación de los politólogos Alexander Bor y Michael Bang Petersen reveló que, en las redes sociales, hay un pequeño subconjunto de personas con mucho interés en adquirir estatus y dispuestas a emplear la agresión para ello. Admiten que en sus discusiones online a menudo profieren insultos, se burlan de sus adversarios y son bloqueados por otros usuarios o denunciados por comentarios inapropiados.

A través de ocho estudios, Bor y Petersen descubrieron que la presencia online no hacía a la gente más agresiva u hostil, sino que permitía que un pequeño número de personas agresivas atacaran a un conjunto mucho mayor de víctimas. Incluso un pequeño número de cretinos podía dominar los foros de debate, según los hallazgos de Bor y Peterson, porque es muy fácil que a quienes no son unos cretinos se les quiten las ganas de participar en los debates políticos online.

Un estudio adicional reveló que las mujeres y las personas negras son objeto de un mayor hostigamiento, de modo que la plaza pública digital es menos acogedora para sus voces.

En segundo lugar, las pistolas de dardos de las redes sociales dan más poder y voz a los extremos políticos, mientras que reducen el poder y la voz de la mayoría moderada.

En su estudio sobre las “tribus ocultas”, la asociación prodemocrática More in Common encuestó a 8.000 estadounidenses entre 2017 y 2018 e identificó siete grupos que compartían creencias y conductas.

El más situado a la derecha, denominado “conservadores devotos”, comprendía el 6% de la población estadounidense. El más situado a la izquierda, los “activistas progresistas”, lo conformaba el 8% de la población. Los activistas progresistas eran, con creces, el grupo más prolífico en las redes sociales: el 70% había compartido contenidos políticos el año anterior. Les seguían los conservadores devotos, con el 56%.

Estos dos grupos extremos guardan asombrosos parecidos. Son los más blancos y ricos de los siete grupos, lo que hace pensar que Estados Unidos se está desgarrando por una batalla entre dos subconjuntos de la élite que no son representativos de la sociedad en general. Es más. Son los dos grupos que presentan la mayor homogeneidad en sus puntos de vista morales y políticos.

Partidarios de Donald Trump se manifiestan junto al Capitolio estadounidense.


Partidarios de Donald Trump se manifiestan junto al Capitolio estadounidense.

Reuters

Esta uniformidad de opiniones, según conjeturan los autores del estudio, es una probable consecuencia de la vigilancia del pensamiento que se lleva a cabo en las redes sociales: “Aquéllos que expresan su simpatía por los puntos de vista de los grupos contrarios pueden experimentar la vehemente reacción de su propia cohorte”.

En otras palabras. Los extremistas políticos no sólo disparan dardos a sus enemigos, sino que gastan mucha munición contra los disidentes y los que piensan con matices. Así es como las redes sociales hacen que un sistema político basado en alcanzar acuerdos se paralice por completo.

Por último, al darles a todos una pistola de dardos, las redes sociales derivan a todos el poder de administrar justicia sin ninguna garantía procesal. Las plataformas como Twitter devienen en el Salvaje Oeste, sin que los justicieros tengan que rendir cuentas.

Un ataque certero suscita un bombardeo de me gusta y nuevos seguidores. Las plataformas que potencian la viralidad facilitan, por tanto, el castigo colectivo de masas por afrentas pequeñas o imaginarias, con repercusiones en el mundo real, entre ellas que personas inocentes pierdan su trabajo o que el escarnio las lleve a suicidarse.

Cuando nuestra plaza pública se rige por la dinámica de las turbas, sin ninguna garantía procesal que la controle, no obtenemos justicia e inclusión. Obtenemos una sociedad que ignora el contexto, la proporcionalidad, la misericordia y la verdad.

Desde que cayó la torre, los debates de todo tipo se han vuelto cada vez más confusos. El obstáculo para el buen razonamiento que más abunda es el sesgo de confirmación, que se refiere a la tendencia humana de buscar sólo aquellos datos que confirmen nuestras creencias preferidas.

Incluso antes de la aparición de las redes sociales, los motores de búsqueda ya sobrealimentaban el sesgo de confirmación al facilitar que la gente encontrara datos a favor de creencias absurdas o teorías de la conspiración, como que la Tierra es plana o que el Gobierno de los Estados Unidos escenificó los atentados del 11-S.

Sin embargo, las redes sociales empeoraron mucho las cosas.

La cura más fiable para el sesgo de confirmación es interactuar con personas que no comparten tus creencias. Te ponen delante indicios y argumentos contrarios. John Stuart Mill dijo: “El hombre que no conoce más que su propia opinión no conoce gran cosa”, y nos instaba a tratar de oír puntos de vista contrarios “de boca de las mismas personas que creen en ellos”.

Las personas que piensan de forma distinta y están dispuestas a decirlo si discrepan de ti te hacen más inteligente. Son casi como extensiones de tu propio cerebro. Las personas que intentan silenciar o intimidar a sus críticos se vuelven más estúpidas. Es casi como si ellas mismas se dispararan dardos al cerebro.

En su libro The Constitution of Knowledge, Jonathan Rauch explica el gran avance histórico de que las sociedades occidentales desarrollaran un “sistema operativo epistemológico”. Es decir, un conjunto de instituciones para generar conocimiento a partir de las interacciones de personas con sesgos y defectos cognitivos.

En el derecho inglés se desarrolló el sistema acusatorio, de modo que los abogados de parte pudieran presentar las dos caras de un caso a un jurado imparcial.

Los periódicos repletos de mentiras evolucionaron y se convirtieron en empresas periodísticas profesionales, con normas que exigían la búsqueda de las múltiples facetas de una noticia, seguida de la revisión editorial y la verificación de la información.

Las universidades evolucionaron y dejaron de ser instituciones medievales enclaustradas para convertirse en centros neurálgicos de la investigación, y crearon una estructura donde los académicos podían plantear ideas apoyándose en indicios, conscientes de que eso animaría a otros académicos de todo el mundo a adquirir prestigio hallando indicios contrarios.

Parte de la grandeza de Estados Unidos en el siglo XX emanaba de haber desarrollado la red más capaz, dinámica y productiva de instituciones productoras de conocimiento en toda la historia de la humanidad. Red que conectó las mejores universidades del mundo con las empresas privadas, que convertían las innovaciones científicas en productos capaces de cambiar la vida de los consumidores, y con los organismos públicos que financiaban la investigación científica y que encabezaron la colaboración que hizo posible llevar al hombre a la Luna.

Sin embargo, este arreglo “no se mantiene por sí mismo, depende de una serie de marcos y entendimientos sociales a veces delicados, que hay que conocer, afirmar y proteger”, señala Rauch. Entonces, ¿qué ocurre cuando una institución no está bien mantenida y cesa el desacuerdo interno, bien porque sus miembros se han vuelto ideológicamente uniformes, bien porque ahora tienen miedo de discrepar?

Esto, creo, es lo que les ha sucedido a muchas instituciones clave de los Estados Unidos entre mediados y finales de la década de 2010. Se han vuelto colectivamente más estúpidas porque las redes sociales han infundido en sus miembros el temor crónico a que les disparen dardos.

Este cambio fue más acusado en las universidades, las asociaciones académicas, las industrias creativas y las organizaciones políticas en todos los niveles (nacional, estatal y municipal), y fue tan generalizado que estableció nuevas normas de conducta, respaldadas por nuevas políticas, aparentemente de la noche a la mañana.

La nueva omnipresencia de la viralidad potenciada por las redes sociales supuso que una sola palabra pronunciada por un profesor universitario, un director o un periodista, aunque fuese con una intención positiva, podía comportar una tormenta en las redes, su despido inmediato o que la institución abriera una interminable investigación.

Los participantes en nuestras instituciones clave empezaron a autocensurarse hasta unos niveles enfermizos, y a abstenerse de expresar sus críticas a las normas e ideas (incluso a las planteadas en clase por sus alumnos) que les parecieran débilmente fundamentadas o equivocadas.

La pancarta de un activista de Black Lives Matter reza: El silencio blanco es violencia.


La pancarta de un activista de Black Lives Matter reza: “El silencio blanco es violencia”.

Reuters

Pero cuando una institución penaliza la discrepancia interna, se dispara dardos a su propio cerebro.

El proceso de estupidización no se desenvuelve del mismo modo en la derecha y en la izquierda porque sus ramas activistas secundan distintos discursos con diferentes valores sagrados.

El estudio sobre las “tribus ocultas” nos dice que los “conservadores devotos” puntúan más alto en las creencias relacionadas con el autoritarismo. Comparten un discurso que dice que Estados Unidos está perpetuamente amenazado desde fuera por sus enemigos y desde dentro por los elementos subversivos. Ven la vida como una batalla entre los patriotas y los traidores.

Según la politóloga Karen Stenner, en cuyo trabajo se basó el estudio sobre las “tribus ocultas”, difieren psicológicamente del grupo de los “conservadores tradicionales”, más numeroso (19%); hacen hincapié en el orden y el decoro; y prefieren los cambios lentos, y no radicales.

Es sólo en los relatos de los conservadores devotos donde los discursos de Donald Trump tienen sentido, desde su amenazante diatriba sobre los “violadores” mexicanos con que abrió su campaña a su advertencia el 6 de enero de 2021: “Si no lucháis con todo, dejaréis de tener un país”.

La traición se ha castigado tradicionalmente con la muerte, de ahí el grito de guerra del 6 de enero: “Mike Pence a la horca”. Las amenazas de muerte de derechistas, muchas enviadas desde cuentas anónimas, están resultando eficaces para amedrentar a los conservadores tradicionales y, por ejemplo, expulsar a los funcionarios electorales que no hicieron nada por “parar el robo” de las elecciones.

La ola de amenazas enviadas a los diputados republicanos discrepantes en el Congreso ha empujado asimismo a muchos de los moderados restantes a dimitir o a guardar silencio, lo que nos da un partido cada vez más apartado de la tradición conservadora, la responsabilidad constitucional y la realidad. Ahora tenemos un Partido Republicano que se refiere a un asalto violento al Capitolio de Estados Unidos como “un discurso político legítimo”, apoyado (o al menos no rebatido) por una serie de think tanks y medios de derechas.

La estupidez de la derecha es más visible en las muchas teorías de la conspiración difundidas por los medios de derechas y ahora en el Congreso. El Pizzagate, QAnon, la creencia de que las vacunas contienen microchips o el convencimiento de que Donald Trump ganó la reelección. Es difícil imaginar que cualquiera de estas ideas o sistemas de creencias hubiese alcanzado esos niveles sin Facebook y Twitter.

A los demócratas también les afecta bastante la estupidez estructural, aunque de manera distinta. En el Partido Demócrata, la lucha entre el ala progresista y las facciones más moderadas es abierta y continua, y a menudo la ganan los moderados.

El problema es que la izquierda domina los puestos de mando de la cultura: las universidades, los medios, Hollywood, los museos de arte, la publicidad, buena parte de Silicon Valley y los sindicatos de profesores y facultades de magisterio que determinan la educación primaria y secundaria.

Y en muchas de esas instituciones se ha sofocado el disentimiento. Cuando a todo el mundo se le entregó una pistola de dardos a comienzos de la década de 2010, muchas instituciones de tendencia izquierdista empezaron a dispararse al cerebro. Y, por desgracia, esos eran los cerebros que informan, instruyen y entretienen a la mayor parte del país.

A finales del siglo XX, los liberales estadounidenses (el centroizquierda en los Estados Unidos) tenían en común la creencia en el discurso del “progreso liberal”, como lo denominó el sociólogo Christian Smith, donde se solía caracterizar a Estados Unidos como un país terriblemente injusto y represor, pero que, gracias a la lucha de los activistas y los héroes, ha progresado (y sigue progresando) hacia el cumplimiento de la noble promesa de su fundación.

Este relato admite fácilmente el patriotismo liberal, y ese fue el discurso motriz de la presidencia de Barack Obama. También es el punto de vista de los “liberales tradicionales” en el estudio sobre las “tribus ocultas” (11%), que defienden unos fuertes valores humanitarios, son de mayor edad que la media y, en gran medida, son quienes dirigen las instituciones culturales e intelectuales de Estados Unidos.

Pero cuando las redes sociales, recién viralizadas, dieron a todo el mundo una pistola de dardos, fueron los activistas progresistas, más jóvenes, los que más dispararon y los que dirigieron una desproporcionada cantidad de sus dardos contra estos dirigentes liberales, menos jóvenes.

Confusos y temerosos, estos dirigentes rara vez cuestionaron a los activistas o su discurso, nada liberal, según el cual la vida en las instituciones es una eterna batalla entre grupos identitarios en un juego de suma cero donde los que están arriba oprimen a los que están debajo. Este nuevo discurso es rígidamente igualitario: se centra en la igualdad de resultados, no de derechos u oportunidades. Se despreocupa de los derechos individuales.

La acusación universal contra las personas que discrepan de este relato no es la de “traidor”. Es “racista”, “transfobo”, “Karen” o alguna letra escarlata relacionada que señale al infractor como el que odia o daña a un grupo marginado. El castigo que se percibe como correcto para dichos delitos no es la ejecución: es el escarnio público y la muerte social.

Este proceso de estupidización se manifiesta con más claridad cuando una persona de izquierdas apunta simplemente a una investigación que cuestione o contradiga una creencia preferida por los activistas progresistas. Alguien en Twitter encontrará el modo de relacionar al que disiente con el racismo, y otros echarán más leña al fuego.

Por ejemplo, en la primera semana de las protestas (algunas con violencia) tras la muerte de George Floyd a manos de la policía, el analista político progresista David Shor, que entonces trabajaba para Civis Analytics, tuiteó un enlace a un estudio que mostraba que, en la década de 1960, las protestas violentas habían perjudicado electoralmente a los demócratas en los condados cercanos.

Shor, sin duda, trataba de ayudar. Pero en medio de la consiguiente indignación fue acusado de “antinegritud” y pronto fue despedido en su trabajo (Civis Analytics ha negado que el despido de Shor se debiera a ese tuit).

El caso de Shor se hizo famoso, pero cualquiera que esté en Twitter ha visto ya decenas de ejemplos que enseñan la lección básica: no cuestiones las creencias, políticas o actos de tu propio bando. Y cuando los liberales tradicionales guardan silencio, como hicieron muchos en el verano de 2020, el discurso de los activistas progresistas, más radical, se impone como el discurso rector de una organización.

Por eso muchas instituciones epistemológicas parecieron haberse vuelto woke con suma rapidez, una tras otra, aquel año y el siguiente, empezando con una ola de polémicas y dimisiones en The New York Times y otros periódicos, y siguiendo con las declaraciones a favor de la justicia social de grupos de médicos y de asociaciones médicas (en una publicación de la Asociación Médica Estadounidense y la Asociación de Facultades de Medicina de Estados Unidos se aconsejó a los profesionales sanitarios que se refirieran a los barrios y comunidades como “oprimidos” o “sistemáticamente desposeídos”, en vez de como “vulnerables” o “pobres”) y la apresurada transformación del plan de estudios en las escuelas privadas más caras de Nueva York.

Trágicamente, vemos como la estupidización avanza en ambos bandos de las guerras relacionadas con la Covid-19.

La derecha se ha afanado tanto por minimizar los riesgos de la Covid-19 que ha hecho que la enfermedad mate preferentemente a los republicanos.

La izquierda progresista se ha afanado tanto en maximizar los peligros de la Covid-19 que a menudo ha adoptado una estrategia igualmente maximalista y genérica para las vacunas, las mascarillas y la distancia social, aunque afecten a los niños.

Esas medidas no son tan letales como propagar miedos y mentiras sobre las vacunas, pero muchas de ellas han sido devastadoras para la salud mental y la educación de los niños, que necesitan imperiosamente jugar unos con otros e ir al colegio. Disponemos de pocos indicios claros de que el cierre de los colegios y las mascarillas para los niños pequeños reduzcan las muertes por Covid-19.

Lo más destacable para lo que estoy contando aquí es que los padres progresistas que han protestado por el cierre de los colegios han sido muchas veces atacados con virulencia en las redes sociales y objeto de las consabidas acusaciones izquierdistas: racismo y supremacismo blanco. En las ciudades “azules”, de mayoría demócrata, otros han aprendido a estar callados.

La política estadounidense se está volviendo cada vez más absurda y disfuncional. No porque los estadounidenses sean cada vez menos inteligentes. El problema es estructural. Gracias a las redes sociales potenciadoras de la viralidad, se castiga el disentimiento dentro de muchas de nuestras instituciones, lo que significa que las malas ideas pasan a formar parte de la política oficial.

En una entrevista en 2018, Steve Bannon, exasesor de Donald Trump, dijo que la forma de lidiar con los medios era “inundar la zona de mierda”. Estaba describiendo la táctica de la “manguera de falsedades” (empleada de forma precursora por los rusos en sus campañas de desinformación) para mantener a los estadounidenses en un estado de confusión, desorientación y enfado.

Pero en aquel momento, 2018, sólo se podía disponer de mierda hasta un cierto límite porque tenía que producirla una persona (más allá del material de baja calidad producido por bots).

Ahora, sin embargo, la inteligencia artificial está cerca de permitir la difusión ilimitada de desinformación altamente creíble. El programa de IA GPT-3 es ya tan bueno que puedes darle un tema y un tono y arrojará todos los artículos que quieras, normalmente con una gramática perfecta y un sorprendente nivel de coherencia. En un par de años, cuando se mejore el programa con la versión GPT-4, será mucho más capaz.

En un ensayo de 2020 titulado El suministro de desinformación será pronto infinito, Renée DiResta, directora de investigación del Observatorio de Internet de Stanford, explicó que la difusión de falsedades (sea mediante textos, imágenes o vídeos deepfake) será pronto inconcebiblemente fácil (ella coescribió el ensayo con GPT-3).

Las facciones estadounidenses no serán las únicas que utilicen la IA y las redes sociales para generar contenidos de ataque. Nuestros adversarios lo harán también.

En un inquietante ensayo de 2018 titulado La línea Maginot digital, DiResta expuso sin rodeos la situación: “Estamos inmersos en un conflicto que aún se está desarrollando: una Guerra Mundial de la Información donde las partes, los terroristas y los extremistas ideológicos se sirven de la infraestructura social que forma la base de la vida cotidiana para sembrar la discordia y deteriorar la realidad común”.

Los soviéticos tenían que enviar agentes o cortejar a estadounidenses dispuestos a obedecer sus órdenes. Pero las redes sociales hicieron que a la Agencia de Investigación de Internet de Rusia le fuese más barato y fácil inventarse sucesos o distorsionar los reales para atizar la rabia en la izquierda y la derecha, a menudo por cuestiones raciales.

Una investigación posterior reveló que en 2013 empezó una intensa campaña en Twitter, pero que después se extendió a Facebook, Instagram y YouTube, entre otras plataformas. Uno de sus grandes objetivos era polarizar al público estadounidense y propagar la desconfianza, para dividirnos en el exacto punto débil que Madison había identificado.

Hoy sabemos que no son sólo los rusos los que están atacando la democracia estadounidense. Antes de las protestas de 2019 en Hong Kong, China se había centrado sobre todo en las plataformas del país, como WeChat.

Sin embargo, ahora China está descubriendo lo mucho que puede hacer con Twitter y Facebook, por muy poco dinero, en la intensificación de su conflicto con los Estados Unidos. Dados los progresos chinos con la IA, podemos esperar en los próximos años una mayor habilidad para dividir aún más a los estadounidenses y unir aún más a China.

En el siglo XX, la identidad común de los Estados Unidos como país que encabezaba la lucha para hacer del mundo un lugar seguro para la democracia era una fuerza muy potente que ayudaba a cohesionar la cultura y el sistema de gobierno. En el siglo XXI, las compañías tecnológicas estadounidenses han revolucionado el mundo y han creado productos que ahora parecen ser corrosivos para la democracia, obstáculos para un entendimiento común y destructivos para la torre moderna.

Nunca podremos volver a cómo eran las cosas en los tiempos predigitales. Las normas, instituciones y formas de participación política desarrolladas durante la larga época de la comunicación de masas no van a funcionar bien, ahora que la tecnología ha hecho todo mucho más rápido y multidireccional, y cuando es tan fácil evitar a los guardabarreras profesionales.

Y, sin embargo, la democracia de Estados Unidos se mueve ahora fuera de los límites de la sostenibilidad. Si no emprendemos cambios importantes pronto, entonces nuestras instituciones, nuestro sistema político y nuestra sociedad podrían colapsar durante la próxima gran guerra, pandemia, hundimiento económico o crisis constitucional.

¿Qué cambios se necesitan? Rediseñar la democracia para la era digital excede mis capacidades, pero sí puedo sugerir tres categorías de reformas, tres objetivos que deben alcanzarse si queremos que la democracia siga siendo viable en la era posbabélica.

Debemos reforzar las instituciones democráticas para que puedan soportar el enfado y la desconfianza crónicos, reformar las redes sociales de modo que sean menos corrosivas para la sociedad y preparar mejor a la siguiente generación de ciudadanos democráticos.

Es probable que la polarización vaya a más en el futuro cercano. Por tanto, al margen de qué más hagamos, debemos reformar las instituciones clave para que puedan seguir siendo funcionales, incluso si los niveles de enfado, tergiversaciones y violencia crecen muy por encima de los que tenemos hoy.

Por ejemplo, el Poder Legislativo fue diseñado para hacer necesario el acuerdo y, sin embargo, el Congreso, las redes sociales y los canales de noticias partidistas han coevolucionado de tal modo que cualquier legislador que cruce la barrera entre los partidos podría, en cuestión de horas, enfrentarse a la furia del ala extremista de su partido, perjudicar sus posibilidades de recaudar fondos y ser sustituido tras unas primarias en el siguiente ciclo electoral.

Las reformas deberían reducir la excesiva influencia de los extremistas furiosos y hacer que los legisladores estén más atentos al votante medio de sus distritos.

Manifestantes intentan derribar la estatua del presidente Andrew Jackson, frente a la Casa Blanca.


Manifestantes intentan derribar la estatua del presidente Andrew Jackson, frente a la Casa Blanca.

Reuters

Un ejemplo de dicha reforma es acabar con las primarias cerradas de los partidos y reemplazarlas con unas únicas primarias abiertas, no partidistas, a partir de las cuales los candidatos más votados pasen a las elecciones generales, donde también se emplearía el sistema de voto preferencial.

Se ha implantado ya una versión de este sistema de votación en Alaska, y parece haberle dado a la senadora Lisa Murkowski más libertad para oponerse al expresidente Trump, cuyo candidato preferido sería una amenaza para Murkowski en unas primarias republicanas cerradas, pero no en unas abiertas.

Una segunda manera de reforzar las instituciones democráticas es reducir el poder de cada partido político para manipular el sistema a su favor, por ejemplo, dividiendo sus distritos electorales preferidos o seleccionando a los funcionarios que vayan a supervisar las elecciones.

Todos estos trabajos se deberían realizar de manera no partidista. La investigación sobre la justicia procedimental demuestra que, cuando las personas perciben que un proceso es justo, son más propensas a aceptar la legitimidad de una decisión que va contra sus intereses.

Sólo hay que pensar en el daño que los líderes republicanos en el Senado han infligido ya a la legitimidad de la Corte Suprema al vetar la candidatura de Merrick Garland para cubrir una vacante nueve meses antes de las elecciones de 2016, y apresurarse después a nombrar a Amy Coney Barrett en 2020.

Una reforma sujeta a un amplio debate pondría fin a estas maniobras arteras estableciendo que los jueces cumplan mandatos escalonados de dieciocho meses, de modo que cada presidente haga un nombramiento cada dos años.      

Una democracia no puede sobrevivir si sus plazas públicas son lugares donde la gente tiene miedo de hablar y donde no se puede alcanzar ningún consenso. El poder que las redes sociales han dado a la extrema izquierda, a la extrema derecha, a los troles del país y a los agentes extranjeros está creando un sistema menos parecido a la democracia que al régimen de los más agresivos.

Sin embargo, está en nuestra mano reducir la capacidad de las redes sociales de disolver la confianza y fomentar la estupidez estructural. Las reformas deberían limitar el efecto amplificador que ejercen las plataformas sobre los extremos agresivos y dar más voz a lo que More in Common llama “la mayoría exhausta”.

Los que están en contra de que se regulen las redes sociales suelen centrarse en la preocupación legítima de que una restricción de contenidos impuesta por el Gobierno se convierta, en la práctica, en censura.

Sin embargo, el principal problema de las redes sociales no es que algunas personas publiquen cosas falsas o tóxicas. Es que los contenidos falsos o que incitan a la furia pueden gozar ahora de un alcance y una influencia imposibles antes de 2009.

Frances Haugen, la denunciante de Facebook, aboga por unos cambios sencillos en la arquitectura de las plataformas, en vez de hacer grandes esfuerzos, en última instancia inútiles, por vigilar todos los contenidos. Por ejemplo, ha sugerido la modificación de la función compartir en Facebook de modo que, una vez que el contenido ha sido compartido dos veces, la tercera persona en la cadena debe tomarse el tiempo de copiar y pegar el contenido en una nueva publicación.

Este tipo de reformas no son censura. Son neutrales en cuanto a puntos de vista y contenidos, y funcionan igual de bien en todos los idiomas. No impiden a nadie decir nada: sólo ralentizan la propagación de aquel contenido que, de media, es menos probable que sea verdadero.   

Tal vez el mayor cambio que reduciría la toxicidad de las plataformas existentes es la verificación del usuario como requisito previo para acceder a la amplificación algorítmica que ofrecen las redes sociales. En los bancos y otros sectores industriales existe la regla “conoce a tu cliente” para que no se pueda hacer negocio con clientes anónimos que blanquean dinero procedente de actividades delictivas.

A las grandes redes sociales se les debería exigir lo mismo.

Eso no significa que los usuarios hostiles tengan que publicar con su verdadero nombre. Podrían seguir utilizando un seudónimo. Sólo significa que, antes de que una plataforma difunda tus palabras a millones de personas, tenga la obligación de verificar (quizá mediante un tercero o una organización sin ánimo de lucro) que eres un ser humano real, de un país concreto, y que tienes edad suficiente para utilizar la plataforma.

Este cambio, por sí solo, barrería la mayoría de los cientos de millones de bots y cuentas falsas que contaminan actualmente las grandes plataformas. Es probable que también redujera la frecuencia de las amenazas de muerte y de violación, la agresividad racista y, más en general, el troleo. La investigación muestra que la conducta antisocial se vuelve más común online cuando las personas sienten que su identidad es desconocida e imposible de rastrear.

En cualquier caso, los crecientes indicios de que las redes sociales están perjudicando la democracia son suficiente motivo para que un órgano regulatorio, como la Comisión Federal de Comunicaciones o la Comisión Federal de Comercio, ejerza una mayor supervisión. Una de las prioridades debería ser obligar a las plataformas a compartir sus datos y algoritmos con los investigadores académicos.

Los miembros de la generación Z (los nacidos a partir de 1997) no tienen ninguna culpa del desbarajuste en que nos encontramos, pero van a heredarlo, y los primeros síntomas son que las generaciones mayores les han impedido aprender a manejarlo.

La infancia se ha visto más estrechamente circunscrita en las últimas generaciones. Ha tenido menos oportunidades para jugar de forma libre y no estructurada, ha pasado menos tiempo en la calle sin supervisión y más tiempo online.

Al margen de otros efectos que hayan podido tener estos cambios, es muy probable que hayan obstaculizado el desarrollo de capacidades que muchos adultos jóvenes necesitan para su autonomía efectiva. Jugar libremente y sin supervisión es una forma natural de enseñar a los mamíferos jóvenes las habilidades que necesitarán cuando sean adultos. Y, para los seres humanos, estas incluyen la capacidad de cooperar, cumplir y hacer cumplir las normas, alcanzar acuerdos, decidir sobre conflictos y aceptar derrotas.

En un brillante ensayo de 2015, el economista Steven Horwitz sostenía que jugar libremente prepara a los niños para el “arte de la asociación” que, según Alexis de Tocqueville, era la clave del dinamismo de la democracia estadounidense. También afirmaba que su pérdida representaba una “grave amenaza para las sociedades liberales”.

Una generación a la que se le impida adquirir esas habilidades sociales (advertía Horwitz) se acostumbrará a apelar a las autoridades para resolver disputas y sufrirá una “mayor aspereza en las interacciones sociales”, lo que “crearía un mundo con más conflicto y violencia”.

Y si bien las redes sociales han deteriorado el arte de la asociación en toda la sociedad, puede que estén dejando sus marcas más profundas y duraderas en los adolescentes.

A principios de la década de 2010 comenzó un repunte de las tasas de ansiedad, depresión y autolesiones entre los adolescentes de Estados Unidos (a los adolescentes canadienses y británicos les ocurrió lo mismo, y al mismo tiempo).

Se ignora la causa, pero la cronología apunta a las redes sociales como factor de peso. El repunte comenzó cuando la mayoría de los adolescentes estadounidenses empezó a utilizar a diario las grandes plataformas. Varios estudios relacionados y experimentales respaldan su relación con la depresión y la ansiedad, al igual que lo declarado por los propios jóvenes y la investigación emprendida también por Facebook, según informó The Wall Street Journal.

La depresión hace que la gente sea menos propensa a relacionarse con nuevas personas, ideas y experiencias. La ansiedad hace que las cosas parezcan más amenazantes. Con el aumento de estas dolencias, y el retraso de las lecciones que se aprenden jugando libremente sobre los matices de la conducta social, ha disminuido la tolerancia de muchos jóvenes a los puntos de vista diversos y su capacidad de resolver disputas.

Por ejemplo, las comunidades universitarias, que todavía en 2010 podían tolerar una variedad de conferenciantes, empezaron presumiblemente a perder esa capacidad en los años siguientes, a medida que la generación Z comenzó a llegar a los campus. Aumentaron los intentos de retirar la invitación a los conferenciantes visitantes. Los estudiantes no se limitaban a decir que no estaban de acuerdo con ellos. Algunos decían que esas charlas eran peligrosas, emocionalmente devastadoras, una forma de violencia.

Como las tasas de depresión entre los adolescentes han seguido creciendo en la década de 2020, cabe esperar que esos puntos de vista se mantengan en las generaciones siguientes y que, de hecho, se agraven.

El cambio más importante que podemos hacer para reducir los efectos perniciosos de las redes sociales sobre los niños es retrasar su entrada en ellas hasta después de la pubertad.

El Congreso debería actualizar la Ley de protección de la infancia en internet, que cometió en 1998 la imprudencia de establecer la “mayoría de edad internáutica” (la edad a partir de la cual las empresas pueden recopilar información personal de los menores sin el consentimiento de los padres) en los 13 años, sin estipular modos para aplicarla de forma efectiva. La edad debería aumentarse a los 16 años, como mínimo, y las empresas deberían tener la responsabilidad de que esto se cumpla.

De forma más general, con el fin de preparar a la siguiente generación para la democracia posbabélica, quizá lo más importante que podemos hacer es dejarles salir a jugar. Dejemos de privar a los niños de las experiencias que más necesitan para ser buenos ciudadanos: jugar libremente con grupos de distintas edades y una supervisión adulta mínima.

Todos los estados deberían seguir el ejemplo de Utah, Oklahoma y Texas, y aprobar una versión de la Ley de crianza en libertad, que ayuda a tranquilizar a los padres asegurándoles que no serán investigados tras ser acusados de abandono si alguien ve a sus hijos de ocho o nueve años jugando en el parque. Con esas leyes en vigor, los colegios, los educadores y las autoridades sanitarias pueden animar a los padres a dejar que sus hijos vayan andando al colegio y jueguen en grupo en la calle, como antes hacían más niños.

La historia que he contado es desconsoladora, y hay pocos indicios de que Estados Unidos recupere algo parecido a la normalidad y la estabilidad en los próximos cinco o diez años. ¿Qué lado será más conciliador? ¿Qué probabilidad hay de que el Congreso promulgue reformas importantes que refuercen las instituciones democráticas o desintoxiquen las redes sociales?

Sin embargo, cuando apartamos la mirada de nuestro disfuncional Gobierno nacional, cuando nos desconectamos de las redes sociales y hablamos directamente con nuestros vecinos, las cosas parecen más esperanzadoras.

En el informe de More in Common, la mayoría de los estadounidenses son miembros de la “mayoría exhausta”, la que está cansada de luchar y está dispuesta a escuchar al otro lado y hacer concesiones. La mayoría de los estadounidenses vemos hoy que las redes sociales están teniendo un impacto negativo en el país, y somos cada vez más conscientes de sus efectos perjudiciales sobre los niños.

Cuando Tocqueville recorrió Estados Unidos en la década de 1830, le impresionó el hábito estadounidense de formar asociaciones de voluntarios para arreglar los problemas locales en vez de esperar la intervención de los reyes o los nobles, como hacían los europeos. Esa costumbre se mantiene hoy en día.

En los últimos años, los estadounidenses han creado cientos de asociaciones y organizaciones dedicadas al desarrollo de la confianza y la amistad entre diferentes tendencias políticas, como BridgeUSA, Braver Angels (de cuya dirección formo parte) y muchas otras listadas en BridgeAlliance.us. No podemos esperar que el Congreso y las compañías tecnológicas nos salven. Debemos cambiar nosotros, y cambiar nuestras comunidades.

¿Cómo habría sido vivir en Babel en los tiempos posteriores a su destrucción? Lo sabemos. Es un momento de confusión y pérdida. Pero también es un momento para reflexionar, escuchar y construir.

*** Jonathan Haidt es psicólogo social en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York. Es autor de La mente de los justos y coautor de La transformación de la mente moderna, ambos en Ediciones Deusto.

*** Traducción de Verónica Puertollano.

*** Este artículo fue publicado originalmente en la revista americana The Atlantic

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Por qué los últimos diez años en EE.UU. han sido singularmente estúpidos