Pierre Reverdy: «No existe el amor, solo hay pruebas de amor».

«No existe el amor, solo hay pruebas de amor».

Pierre Reverdy

Si yo empleo, por ejemplo, el significante «banco», es imposible que mi interlocutor sepa a lo que me refiero fuera del marco contextual en el que lo uso. Sin ese entorno de significación que le da el contexto donde digo «banco», no podrá saber si hablo de un grupo de peces, de una entidad financiera, de un sitio donde sentarme… Eso es lo que sucede con las palabras polisémicas (también con las homónimas, aunque de forma distinta), en las que se da que para un mismo significante hay múltiples significados (en el caso, por ejemplo, de «cabo», la RAE reconoce hasta 22 significados distintos para ese significante). Pero también se da un caso particular; significantes demasiado genéricos conceptualmente que, siendo únicos, nos remiten no a «cosas» distintas, sino a conceptos distintos. Significantes que, aparentemente, a todos nos remiten a algo unívoco, pero ese «algo» es demasiado matizable como para que todas sus infinitas particularidades se expresen bajo un único significante. Son términos que inducen al error cuando se emplean en cualquier análisis porque nos falta el matiz que concretice aquello de lo que hablamos. Pondré un ejemplo; «amor». Al decirlo, todos entendemos de lo que hablamos; de un poderoso sentimiento de afinidad por alguien o algo que nos lleva a establecer un vínculo. Una madre siente o puede sentir «amor» por su hijo, del mismo modo que una persona puede sentir «amor» por una pareja con la que afronta la existencia desde hace cuatro décadas; así como dos que se acaban de conocer y vienen de encamarse sienten «amor», lo mismo que dos hermanos que nunca se han tocado libidinalmente sienten «amor» el uno por el otro; como también se puede sentir «amor» por la humanidad, por el planeta, por Dios, etcétera. Esa falta de matiz al nombrar el «amor», que no se les escapó a los antiguos griegos (que tenían cuatro o cinco significantes distintos para designar lo que nosotros nombramos solo con uno [también les sucedía lo mismo con el término «alma»]), hace que, cuando nos ponemos a analizar la palabra –ya de por sí indescifrable–, tengamos una dificultad insalvable de partida que refleja en lo más radical que no sabemos muy bien, más bien muy poco, qué es eso del amor. Que pese a habernos llenado la boca toda la vida con él, hay algo en él que no solo se nos escapa, sino que, además, se nos tiene que escapar, no ya por su dificultad intrínseca, sino porque descorchamos una botella, escribimos un poema, planchamos una camisa o diseñamos una catedral con el mismo instrumento.

¿Quién era Pierre Reverdy?

Pierre Reverdy fue un poeta francés nacido en 1889 que participó muy activamente en las vanguardias artísticas de principios del siglo pasado. De inteligencia admirable, verbo certero, profundo sentido místico y una iniciativa siempre implicada, su extensa obra poética y ensayística es de una sutileza sorprendente, por la que fue admirado y le llevó a ser compadre de las mayores figuras del cubismo, primero, y del surrealismo, después. Fundó una de las revistas más apreciadas pese a la brevedad de su publicación, en esa convulsión artística de las primeras décadas del siglo XX; «Nord-Sud». Vivió sus últimos treinta y tres años en una abadía benedictina donde fallecería en 1960, a la edad de 70 años. Para los amantes del cine, hay una pequeña joya de Bertolucci, «Belleza robada», de 1996, en la que en una escena un anciano sale al balcón de la villa familiar de la Toscana y, medio desnudo, proclama a los cuatro vientos la sentencia de Reverdy en francés original, para estupefacción de los dueños e invitados del entrañable encuentro. «Il n’y a pas d’amour, il n’y a que des preuves d’amour». En realidad, sabemos que es una valoración de Reverdy porque, pese a que algunos señalan que está escrita en un número de 1918 de la revista «Nord–Sud» (yo tengo la edición facsímil de la revista completa y no la he encontrado), fue un admirador suyo, el famoso Jean Cocteau, el que en el prólogo que escribió de una novela de misterio de Gaston Leroux, indica que a Reverdy le gustaba pronunciar con frecuencia esta observación de su propia autoría.

Análisis de la cita de Reverdy

Pero ¿qué nos está diciendo Reverdy con ella? Fundamentalmente que en eso tan confuso para nosotros mismos sobre lo que pudiera ser el amor, hay algo que lo demuestra indefectiblemente; su manifestación en los actos que de él se desprenden. Que el amor no es decir un «te amo», sino un actuar conforme a un te amo; que sin lo segundo, lo primero es una declaración vacía, hueca, sin sentido. En definitiva, que el amor es ante todo una ética; una manera determinada de tratar al otro. Se contaba que cuando a Agustín de Hipona, y no sería extraño que esto hubiera influido (dado el sentido religioso de Reverdy), le preguntaban por cómo y de qué manera se podía amar (especialmente a Dios, se intuye), el de Hipona comentaba: «Ama y actúa». Es decir, cuando sientes y generas el sentimiento del amor, ya será este el que guiará tus actos, el que se mostrará en su verdad a través de «las pruebas de amor». Esto es algo muy útil para detectar al mojigato, aquel que dice que nos ama, pero, en realidad, no mantiene un comportamiento ético con nosotros, no nos procura un bien aunque implique su propio sacrificio; a aquel que bajo el paraguas moral del «te amo» lo que en realidad pretende es amarse a sí mismo o sacar alguna partida o beneficio de nosotros. Eso era algo también enormemente valorado y la única prueba de honestidad que consideraban los antiguos griegos, al menos hasta la irrupción de la sofística; que lo dicho, que la «filosofía» fuera acorde a la actitud que se manifestaba. Cuando esto no coincidía, nos encontrábamos frente a un hipócrita, frente a un farsante al que había que despreciar, del que había que alejarse pues realizaba una especie de «amor instrumental» que nada tenía de amor y mucho de interés propio; alguien de quien no te podías fiar, que no era fiable porque no mantendría la lealtad ni se expresaría con «parresia» (palabras sinceras). Un inepto para el amor y para la vida política. Esta prueba de autenticidad no es, naturalmente, aplicable solo al sujeto receptivo de un «te amo», sino que cada uno de nosotros debería aplicársela a sí mismo cada vez que pronuncia como sujeto activo ese «te amo». Amamos lo que tratamos con amor, y es en ese trato en el único lugar en que se puede localizar la existencia del amor. El amor no existe sin sus pruebas, solo existe en ellas. Algo para pensarlo detenidamente y, luego, para valorar si realmente amamos, en sus confusas e infinitas acepciones, tanto como lo decimos.



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