Internet: bienvenidos al lugar donde todo el mundo está caliente.

Es difícil saber qué aspecto tendrá nuestra libido una vez haya pasado por la prueba de resistencia que está suponiendo la actual crisis sanitaria mundial. Como cualquier ser vivo, su forma final será permanentemente condicionada por su entorno, por el lugar de origen de la luz que la alimenta, como les pasa a los árboles que son moldeados o torcidos por el viento y la orientación del sol.

 

Cada cual, y casi todos desde casa, estamos haciendo lo que podemos para mantener vivas, y lo mejor alimentadas posible, a nuestras pasiones amorosas. El que tiene pareja, con su pareja, intentando calcular la distancia perfecta en la que quererse lo máximo matándose lo mínimo. Y los que no la tienen, poniéndose creativos a la hora de sentirse deseados y hacer que sus parejas sientan lo mismo: a falta de manos, palabras; a falta de un lugar común, una pantalla, ventana a la vida y el cuerpo de los otros.

Aconsejaba Bukowski, el poeta, que lo mejor que puede hacerse en la vida es “encontrar lo que uno ama y dejarse matar por ello”. Y, cómo no, la realidad siempre dos pasos por detrás de la ficción, a principios de este año, la escritora Gabriella Paiella informaba acerca de un tipo de extraña nueva filia, particularmente nihilista, según la cual la gente se ha puesto a tuitear sobre su secreto, y ahora confeso, deseo de ser arrollado por un vehículo conducido por su celebridad favorita, o al menos sufrir daños corporales a sus manos.

Paiella atribuyó la tendencia entonces, en parte, al actual #mood pre apocalíptico del mundo, citando “el hecho de que vivimos en una época en la que se nos recuerda constantemente que la Tierra va a ser virtualmente inhabitable a finales de este mismo siglo, de que el capitalismo es totalmente insostenible, y de que estamos a sólo un toque de botón de perecer en una guerra termonuclear”. De pie ante la inminencia del abismo, escribía Paiella, “una súplica de sensual atropello se ajusta a la perfección con nuestro actual y fatalista estado de ánimo”.

 

E incluso en el caso de que, al menos por el momento, nosotros no estemos rogando a nuestros famosos preferidos que nos trituren con sus coches, el deseo, por pequeño que sea, siempre trae consigo el riesgo mínimo que tiene cualquier cambio de estado.

Desear no sólo implica, por definición, una carencia, sino que también abre la posibilidad, a menudo muy probable, de una futura decepción. Admitir un deseo ante los ojos de los demás siempre abre la posibilidad adicional de recoger alguna humillación pública.

Lo cortés no quita lo caliente, y no por no mostrarlo en público significa esto que estemos libres de deseo, ni que queramos hacerlo

Existe en inglés la expresión, Horny on Main (“caliente por la calle principal” o, lo que es lo mismo, a la vista de todos) que hace referencia a las veces que, ya incapaces de aguantarnos las ganas, el aburrimiento, o simplemente presa de la torpeza, dejamos ver, en redes, a la vista de todos, nuestro deseo ahora manifiesto por alguien o algo. Son tiempos turbulentos y el tiempo libre, ya se sabe, es el juguete favorito del diablo. (Se rumorea, por ejemplo, que hasta el propio Papa, o al menos su community manager, ha tenido algún desliz deshonroso con sus dedos).

 

Porque lo cortés no quita lo caliente, y no por no mostrarlo en público significa esto que estemos libres de deseo, ni que queramos hacerlo. El deseo está aquí y cada uno lo gestiona como puede.

Personalmente, lo de andar por ahí mostrando abiertamente la calentura, a este #HomoEréctil siempre le ha parecido una vulgaridad, que uno es más dado a la sutileza, a la metáfora, a la insinuación mejor colocada. Pero para gustos los colores.

Revistas tan relevantes como Vice o The Cut, acostumbran ya a ofrecernos recopilaciones de las cosas más “calientes” que han pasado en el año, y ni son los únicos ni serán los últimos. Las cosas, cuanto más tiempo pasemos encerrados pensando en nuestras cosas, se van a poner cada vez más “calientes”. Incapaces de ver el mundo mas que a través de nuestras propias neuras, cada vez más cosas se están volviendo “calientes” o por lo menos lo parecen.

 

Una de las razones por las que podríamos estar siendo más conscientes de este aparente incremento de temperatura podría simplemente reducirse al hecho de que estamos viendo más calentura en tiempo real gracias a los medios digitales de interacción social. Ahora somos testigos de una mayor dosis de realidad (humana) porque comportamientos que solían ser completamente privados hace bien poco ahora tienen lugar a la vista de todos, en la ventana de comentarios.

Ahora podemos ver, a veces de lejos, y con luces de neón, el deseo de nuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo, coqueteando, a menudo por encima de sus posibilidades, enamorados o sencillamente salivando sobre las publicaciones de alguna modelo popular de Instagram.

 Es duro, lo sabemos, incorporar estos conceptos a la imagen de personas de las que nos gustaría, si fuera posible, saber lo mínimo. Pero no pasa nada, porque nosotros también nos estaremos dejando ver, en alguna parte, y quizás en esto haya mucho que aprender acerca de la aceptación del prójimo, pero sobre todo del deseo propio y ajeno. Nos estamos, todos, dejando ver, porque ya no podemos escondernos más.

Eso es lo que le pasó, por ejemplo, a la periodista Kayla Kibbe, cuando harta del status quo tuiteó: “Estoy a dos copas de vino y otro titular deprimente de ponerme a publicar desnudos en Instagram”.

No lo hizo, pero es que la escritora estaba tan aburrida y tan falta de acción tras haber agotado su agenda completa de compañeros de sexteo ya en la primera semana de cuarentena que pensó: “Oye, ¿por qué no empiezo a mandar desnudos a mis amigos, familia, exes, citas de Tinder y a mi profesor de inglés de la secundaria en un obvio intento desesperado de llamar la atención en redes sociales?”

Y no pasa nada, porque la cuarentena, o cuarentenas, son estados parecidos al aburrimiento, al duelo, al terror; una especie de depresión colectiva que el mundo está sufriendo tras la ruptura con lo que pensaba que sería su futuro.

 

Ahora mismo, todos estamos inmersos en ese proceso de duelo, todos en algún punto entre el llanto y la planificación de algún ambicioso plan de auto reinvención radical. Es eso. Podemos reconocerlo: no sabemos si volver a ir al gimnasio, si es el momento de aprender un nuevo idioma, si ya ha llegado el momento de renovar nuestro vestuario. Estamos intentando superar esto y haciendo cosas raras, como mostrarnos deseantes y vulnerables en Facebook.

Son tiempos verdaderamente inciertos y la red lo sabe, y está que arde. ¿Quién sabe qué clase de perversiones pueden estar cociéndose tras las bambalinas de LinkedIn?

Sólo hay una certidumbre a la que aferrarse en estos tiempos caóticos: el sexo, las relaciones, la vida, tal y como los conocíamos han terminado. En tu mano está decidir cómo dejas que todo esto afecte a tu sexualidad. Como en toda encrucijada, donde unos ven crisis otros verán oportunidad. Tú, ¿en qué bando estás?


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