¿Es el edging malo para tu salud?

La teoría ya la conocemos; el edging es la técnica sexual según la cual te llevas a ti mismo justo al borde (de ahí el nombre, edge=borde, en inglés) de tu punto de no retorno y paras sin llegar a alcanzar el orgasmo. Repites el ejercicio un par de veces y, en teoría, esto te permite retrasar el clímax y aumentar la resistencia y calidad de tu desempeño sexual.

 

El edging se puede practicar en solitario, en pareja o en grupo. Algunas personas pueden utilizarlo como forma de prolongar la duración de sus experiencias sexuales mientras que otras lo harán para aumentar la intensidad de sus orgasmos, controlar su respuesta eyaculatorio o explorar diferentes aspectos, no tan centrados en el orgasmo, del placer sexual. Cualquiera puede practicarlo, sin distinción de género, identidad o tendencia sexual.


La decisión de dejar finalmente que tu cuerpo llegue al clímax es personal y puede cambiar cada vez que practiques esta técnica.

Por norma general, el edging es una práctica sexual segura, muy poco probable de causar efectos secundarios duraderos. En muy raras ocasiones podría derivar en una sitación conocida por todos como hipertensión epididimal. Si no os suena ese nombre es porque lo habitual es llamar a este síndrome el síndrome de las “pelotas azules”, caracterizado por el dolor testicular que puede provocar la excitación sexual cuando no da lugar al orgasmo y su eyaculación asociada.

Otros síntomas pueden ser una sensación de malestar o pesadez en los testículos, y todos se deben a la restricción del flujo sanguíneo del pene y a la acumulación de esperma en los conductos epididimos y deferentes.La práctica del edging no provoca disfunción eréctil en ningún caso.

La Sociedad Internacional de Medicina Sexual asegura que el edging puede ayudar a intensificar la actividad sexual de algunas personas pues los ciclos de excitación y descanso puede hacer que la experiencia se vuelva más intensa y llevar a un clímax más satisfactorio.

Como herramienta terapeutica para parejas, el edging también puede servir como una forma de crear confianza en el dormitorio. Esto puede ser particularmente beneficioso para las nuevas parejas que todavía no se conocen de todo para calmar sus nervios, ajustar sus expectativas y perder el miedo a decepcionar durante las primeras experiencias.

De igual forma también puede servir para ampliar los tiempos en los que aprendemos sobre los intereses sexuales de una persona. Si nos centramos en el orgamos desde el principio rara vez conseguiremos que la experiencia dure lo suficiente como para que saquemos alguna conclusión provechosa, placeres aparte; cosas como cuáles son los resortes sexuales de nuestra pareja o las acciones que le provocan más placer que otras.

Según una encuesta realizada en 2005 entre terapeutas sexuales, se considera que una duración normal de las relaciones sexuales vaginales es de entre 3 y 13 minutos. Mientras tanto, la mujer promedio tarda 13,41 minutos en alcanzar el orgasmo durante las relaciones sexuales con los hombres, según un estudio realizado en 2020, aunque requiere actividades distintas del simple coito pene/vagina.

 

El grado de excitación de una persona cuando comienza a tener relaciones sexuales y el tipo de actos sexuales que realiza puede afectar el tiempo que le lleva llegar al orgasmo. Es cuestión de calidad, no de cantidad.

Por ejemplo, saltar al acto sexual sin estar suficientemente excitado puede hacer que a una persona con clítoris le resulte más difícil tener un orgasmo. Por otro lado, si una persona con pene recibe, por poner un ejemplo, una mamada realmente estimulante antes de pasar al coito vaginal, puede alcanzar el orgasmo mucho más rápidamente.

El ciclo de respuesta sexual es único para cada persona y entender su propia respuesta sexual es la clave para un buen sexo. Y ahí es justo donde técnicas o herramientas como el edging pueden ayudarnos a conocer nuestros propios límites o los territorios donde tiene lugar nuestro mejor sexo.

No todo es cosa nuestra de todas formas, porque no tenemos el control absoluto del mundo y no somos nadie sin nuestro contexto. A veces, situaciones diferentes, parejas diferentes, lo feliz que eres en tu relación y otros factores contextuales pueden afectar a la forma en que tu mente y tu cuerpo responden al sexo y a la duración del mismo.

Por ejemplo, para algunas personas, puede ser más fácil llegar al orgasmo rápidamente cuando están concentrados, excitados y con una pareja que conoce bien su cuerpo, mientras que puede costarles más tiempo tener un orgasmo cuando están distraídos, ansiosos, o no se sienten suficientemente seguros como para relajarse delante de una pareja a la que todavía no conocen del todo.

 

La decisión de dejar finalmente que tu cuerpo llegue al clímax es personal y puede cambiar cada vez que practiques esta técnica. No hay ningún tiempo que debamos tener como meta, si acaso se trata de una cuestión de equilibrio y control: saber cuándo parar y también cuándo reanudar el juego sexual.

Cuando el edging tiene lugar en pareja la meta es prolongar el placer de los dos, acercar ritmos, sincronizar el lenguaje corporal, para ajustar los niveles de excitación y estimulación.

El edging no se hace porque sí, también puede uno llevarlo demasiado lejos y conseguir el resultado opuesto al deseado. Pasar demasiado tiempo, además de las temidas pelotas azules, puede hacer que nuestra pareja se fruste al sentirse incapaz de darnos placer, o que de no acompañarlo del debido nivel de lubricación, de lugar a molestas rozaduras. El edging es, también, una cuestión de comunicación.

Al margen del uso que le demos, o la técnica que utilicemos para llevarlo a cabo, el edging es una gran manera de explorar y mejorar nuestro placer. Tómate tu tiempo para probar si es adecuado para ti, y sobre todo: ¡disfruta!

 


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