Aprendiendo a negociar el consentimiento sexual

De la misma manera que en los westerns existía siempre la figura del matasanos ambulante que lo curaba todo con un dudoso brebaje a base de aceite de serpiente, los noventa y los primeros dos miles estuvieron llenos de doctores amor que nos vendían todo tipo de técnicas infalibles para el ligoteo. Te vamos a enseñar a negociar el consentimiento sexual.

Presta atención a todas las señales, también las no verbales y de lenguaje corporal, que emite tu pareja sexual.

 

Estos gurúes de la seducción han ido más o menos pasando a la historia desplazados, primero centímetro a centímetro y luego perdiendo hectáreas completas de terreno ante el avance de las aplicaciones de citas. Cada vez menos gente hace caso de sus consejos de seducción pues cada vez menos gente habla cara a cara, directamente, sin haber mediado un DM o un mensaje directo por redes antes. Nuevos juegos, nuevas normas.

Las maniobras planteadas como técnicas por estos maestros del absurdo suponían ya entonces prácticas sexuales, como mínimo, poco éticas: de farsa y engaño, de objetivización de la mujer como simple receptáculo del deseo, reduciéndola a simple presa de nuestro “legítimo” instinto depredador. Hoy en día estas técnicas suelen ser percibidas ya, en muchos casos, como reclamo para jóvenes frustrados y acosadores en potencia (hola, queridos incels).

El problema, que debería ser puramente anecdótico, se pone bastante peor en el mundo real, cuando se junta con los fallos coyunturales de nuestro sistema de educación sexual o de la ausencia de una mínima educación sexual.

 

Como comunidad, no proporcionamos a nuestros jóvenes no ya suficiente sino la mínima información sobre consentimiento sexual y negociación de relaciones románticas o sexuales, como parte de una educación sexual integral. Y claro, ellos aprenden lo que pueden donde lo encuentran, sea el patio tras el gimnasio, el porno o el consejo de amigos que presumen de una experiencia que probablemente tampoco tengan.

Recibir, justo en la época en que más interesados están en el sexo, la adolescencia, un enfoque positivo y ético de la sexualidad, dotaría a las nuevas generaciones de la capacidad para discutir sin pudor ni tapujos el nacimiento de su deseo, de negociar y articular sus propios impulsos y de reconocer y poder implementar los límites de su sexualidad y la de los demás; respetar los deseos ajenos para que se respeten también los suyos.

No hay una única manera correcta de negociar el consentimiento sexual. Pensar que es así no es realista, pero cualquier consentimiento sexual que se precie tiene que tocar la mayoría sino todos los siguientes puntos:

● Poder discutir sobre lo que te gusta y lo que no te gusta con tu pareja, en plan, “¿qué actividades sexuales encuentras más placenteras?”

● Poder preguntar si está bien proceder con una actividad sexual concreta y respetar su respuesta. Por ejemplo, “¿te gustaría hacer X?”

● Prestar atención a todas las señales, también las no verbales y de lenguaje corporal, que emite una pareja sexual.

● Detenerse y comprobar si tu compañero/a da alguna señal de no estar del todo cómodo/a con lo que está pasando

● Nunca hacer suposiciones sobre los gustos de una pareja sexual o sobre lo que está pensando o sintiendo, y mucho menos porque nuestra atención esté focalizada exclusivamente en nuestra experiencia.

● Tener una conversación sobre las prácticas de sexo seguro o qué prácticas harían sentir más segura/o a la pareja con la que estamos “congeniando”.

 

Por mucho que insistan, el consentimiento sexual no se limita a la obtención de un “sí” o “no”. El consentimiento es un proceso continuo a lo largo de un encuentro sexual. También puede cambiar según cambia el contexto de relación (por ejemplo, un encuentro casual frente a una relación a largo plazo), o con diferentes parejas.

No es lo mismo mantener una relación sexual con alguien en nuestras mismas circunstancias, que con alguien cuya vida depende de nosotros, como podría ser una relación entre un jefe y una empleada

Y ya que estamos hablando de contexto vale la pena recordar que el consumo de alcohol y otras drogas, por ejemplo, puede perjudicar nuestra capacidad para dar consentimiento. Si alguien está extremadamente intoxicado o desmayado, uno no puede legalmente dar su consentimiento para tener sexo, por mucho que este sea el “escenario de caza” ideal de muchos gurúes de la seducción.

Cualquier enfoque ético del sexo que se precie nos exigirá ser conscientes de las dinámicas de poder y nuestra posición en relación con nuestras parejas sexuales. No es lo mismo mantener una relación sexual con alguien en nuestras mismas circunstancias, que con alguien cuya vida depende de nosotros, como podría ser una relación entre un jefe y una empleada o cualquier otra dinámica de poder o control directo de una persona sobre otra. Por mucho que nos guste pensar que esto no influye en nuestro particular caso, estamos obligados a plantearnos cómo podría esa dinámica restringir la capacidad de decisión de la subordinada/o para rechazar un encuentro sexual con libertad sin tener que sufrir/asumir las hipotéticas consecuencias.

 

Es difícil entender por qué algo tan natural como el sexo, un rito necesario para poder existir, por el que todos hemos pasado para llegar aquí, se deforma de tal manera que nos haga sentir tan inadecuados con tanta frecuencia. Y es quizás eso lo que habría que enseñar, más que a seducir a estar a gusto con el deseo, tanto propio como ajeno.

El sentimiento de vergüenza sexual, una sensación de incomodidad para con el propio cuerpo o con el propio deseo sexual, está cimentada sobre la falta de información sincera y útil sobre la sexualidad humana en un periodo crítico de nuestro aprendizaje, la adolescencia: el momento en que aprendemos realmente a habitar nuestro cuerpo y lo percibimos por primera vez como realmente propio. 

Si no se nos ayuda a reconocer y disfrutar de sus sensaciones, a abarcar y comprender los cambios corporales a medida que crecemos, ¿cómo no vamos a sentir desconcierto ante unos impulsos tan poderosos con los que nadie nos ha enseñado a convivir?

A veces es tan sencillo como ver las dinámicas afectivas con las que se relacionan los adultos de nuestro entorno, si son más o menos cariñosos, lo a gusto que están con su propio cuerpo, lo natural que les resulta amarse, cuidar el uno del otro o mostrarse afecto (no hablamos siquiera de coger).

 

La naturalidad con la que nuestro mundo más cercano responde a nuestros primeros impulsos, sea una erección involuntaria o que nos sorprendan mirando a una chica o sencillamente masturbándonos en la intimidad de nuestra habitación, puede marcar la actitud, positiva o negativa, con la que nosotros percibiremos esos impulsos naturales.

La mayoría llegamos al sexo sin haber recibido ningún tipo de información formal al respecto. ¿Habría cambiado mucho nuestra vida de haber recibido algún tipo de mensaje sobre sexualidad masculina positiva? ¿si en lugar de avergonzarnos hubiéramos aprendido a sentirnos cómodos con nuestra sexualidad?

Todos somos libres de definir nuestra propia masculinidad y sexualidad. Hay muchas más formas de ser sexual que las que observamos de niños y desde luego mucho mejores que las que nos venden, a cambio de no poco dinero, los que se autoerigen como maestros de la seducción.

 

No aceptes sucedáneos. El mejor sexo incluye siempre el deseo del otro, la mutualidad, es auténtico y no basado en el engaño; y está basado en el reconocimiento de las necesidades y de los límites del otro. Es el único sexo que merece nuestra atención y quizás también nuestro consentimiento.


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